Cada vez hay más mujeres, sobre todo en las nuevas generaciones, que se están dedicando de
manera profesional a la transformación artesanal alimentaria para tener autonomía económica y
derechos laborales, ya que en el mundo rural las mujeres tienen más dificultad para tener un
trabajo remunerado y suelen asumir un papel secundario en la explotación. Intentan compatibilizar dicha tarea con las de cuidados familiares, de las que son también ellas las responsables principales, así como las tareas domésticas, incluída la administración de la economía de la casa y muy a menudo la del negocio. Al mismo tiempo, la producción artesanal permite a las mujeres tener un medio para ganarse la vida o complementar rentas en un medio rural donde las tareas más relacionadas directamente con la agricultura o ganadería les están vetadas.
Es un sector importante que se configura muchas veces ajeno al sistema, al modelo establecido,
con producciones más diversificadas, a pequeña escala y orientadas a la venta directa y a
mercados locales, porque el objetivo es hacer alimentos de calidad con criterios que incluyen la
cercanía, la sostenibilidad, la creatividad y la creación de redes de apoyo; un modelo más humano y menos productivista. Pese a la importancia que tiene esta actividad en la explotación y para las propias mujeres para las cuales también es un ingreso económico, es un trabajo que está relativamente poco valorado, al cual se le ha restado importancia en las propias fincas, en las organizaciones agrarias, y en las políticas públicas.