Debido a la pandemia global provocada por la expansión del COVID-19 y con la intención de minimizar el número de contagios (“aplanar la curva”), muchos países han optado por cuarentenas
generalizadas que restringen el movimiento de bienes y personas. Usualmente, esta cuarentena implica la paralización de gran parte de los sectores
económicos. Sin embargo, con el fin de garantizar la seguridad alimentaria, la mayoría de los países de la región han coincidido en decretar el sector agropecuario como un sector esencial y este se encuentra parcial o totalmente operativo.
Si bien esto puede aparentar cierta invulnerabilidad del sector, implica a su vez varios retos relacionados con el transporte de la producción, la adquisición de insumos, la contratación de mano de obra, la incertidumbre sobre precios y demanda, la falta de liquidez y crédito; entre otros. A su vez, dada la gran
diversidad del sector, estos problemas no serán los mismos ni tendrán las mismas consecuencias para todos los productores agrícolas. Las especificidades en la afectación dependerán del tipo de producto (i.e. perecederos, cereales, proteína animal, etc.), el mercado al que está dirigido (interno o externo) y el
tamaño del productor, siendo los productores más pequeños los más vulnerables. En una región donde las zonas rurales experimentan altas tasas de pobreza (48,6%1), es fundamental entender los desafíos que enfrentan los pequeños productores para mitigar la expansión de la pobreza.